Yo podría decir lo mismo, con la variante obvia de que no me llamo ni, menos aún, soy Peter Stillman, y no me encuentro en el caso del personaje en cuestión, que de niño fue encerrado por su padre en una pieza oscura durante nueve años sin contacto con el mundo exterior, y cuando fue rescatado no sabía hablar, apenas podía moverse por cuenta propia, ni tenía memoria de lo que le había sucedido.
Me llamo Patricio Andrade, pero hasta los diecinueve años me llamé, y a veces me sigo llamando, Carlos Andrade (de hecho, si me llaman por cualquiera de los dos nombres, yo respondo). Las razones de esta duplicidad de nombres no son de clandestinidad política, de fichas policiales, de nombres místico-esotéricos, ni protecciones totémicas contra los malos espíritus de los muertos (cf. Freud, Totem y tabu, Alianza Ed., Madrid,1970, pp. 76 a 80). Tiene que ver con los computadores, la duplicidad de mi nombre. Sí, porque el año 1966, al inscribirme para la P.A.A (Prueba de Aptitud Académica), la súper computadora recién inaugurada, de esas que tenían el tamaño de una casa DFL-2 y funcionaban con tarjetas perforadas, no entendió que yo me llamaba “Carlos” que era como me decían en la casa y en el colegio, y no “Patricio”, que tan solo por razones de eufonía figuraba en primer lugar en mi certificado de nacimiento, eso es: “Patricio Carlos”.
Esa fue mi primera relación con una computadora. Dudo mucho que, en algún recóndito archivo se conserven esos miles y miles de tarjetas perforadas con los registros de las primeras pruebas de A.A. (Aptitud Académica). A mí me gustaría tener esa tarjeta, donde figura mi nombre en código de agujeritos, para ilustrar este artículo. Se habría visto bien aquí.
Lo que sí he logrado conservar hasta la fecha, como prueba documental irrefutable de que mi nombre es “Carlos Andrade”, es un lingote de linotipia donde se lee claramente “Carlos Andrade Sánchez”.
Fig. 1: El famoso lingote. Nótese que la palabra “Sánchez” no está acentuada porque las mayúsculas no lo permitían por exceder la altura del lingote. Cosas del metal. Una limitación que casi se transforma en norma ortográfica.La historia del lingote
En aquel tiempo todo Santiago quedaba a diez minutos caminando desde mi casa. La plaza San Isidro con su cuartel de pacos como los de provincia, sin guanacos ni zorrilos como hoy; el cerro Santa Lucía y el cine ídem; el centro mismo de la ciudad cruzando la Alameda; al poniente San Diego con su comercio multidisciplinario; y al oriente, a pocas cuadras, en los mismos como galpones de Arquitectura y Diseño de la Chile, el Mercado Presidente Ríos con el “Comisariato”, antepasado de la Dirinco y el Sernac, donde trabajaba mi papá. Como todavía no entraba al colegio, cuando alguien salía a lo que fuera, era común que me llevara a lo que yo consideraba como paseo. Así fue como comencé a conocer, caminando, todo lo que para mí era todo Santiago, pero eso es otra historia.
La historia del lingote, y de mi iniciación en el Mundo de la Imprenta y las Artes Gráficas (así, con mayúsculas iniciales), es parte de uno de esos paseos con Luis Alfonso Sánchez, mi abuelo, que a mí me parecía era un gran paseante, pero lo que hacía en realidad era visitar a sus clientes, como la casa de remates Ramón Eyzaguirre cuando quedaba en la Alameda, llena de lámparas gigantescas colgando de un techo, muebles enormes (yo era chico entonces y todo me parecía enorme), y estatuas como griegas de mármol mostrando sus blancas pechugas, entretenidísima, un gran garage industrial de Martín Hermanos con autos de todos los modelos, y... la Imprenta Claret, el lugar donde se produjo mi encuentro con el Maravilloso Mundo de las Artes e Industrias Gráficas.
¿Has visto, hipócrita lector, alguna vez en tu vida a una linotipia en pleno funcionamiento? ¿Aspirado el aroma dulzón del metal fundido? ¿Escuchado el delicado sonido -clicki-clicki-clicki, ticlecki-ticlecki-ticlecki, CHAK! (click) CHUNK! ...chunk-chunk-chunk, clicketi-clicketi...ding!- de engranajes, tecleos y brazos mecánicos, de esa máquina que parece tener vida propia, con aspecto de animal antediluviano, jurásico, diríamos hoy? Imaginaos la impresión indeleble que aquel artilugio mecánico grabó en la sensitiva memoria del niño que yo era entonces.
Fue mi abuelo, claro, el que después de hacer lo que tenía que hacer en las oficinas, me llevó a pasear a los talleres, así como años después, si viajábamos en avión me llevaba a la cabina del piloto, o si en barco al puente del timonel. Inmensos eran los talleres llenos de grandes prensas, o así me pareció porque como yo era chico todo se me aparecía inmenso, pero al fondo del galpón industrial destacaban los negros metales de las linotipias, alineadas contra la pared y cada una con su linotipista que tecleaba, incansable.
De allí salí fascinado con ese pequeño lingote con mi nombre en relieve, impaciente por llegar a la casa para aplicarlo a cuanto libro y papel que se me pusiera por delante. Y caminando nos fuimos, entonces se caminaba porque todo quedaba cerca, y en este caso, desde Diez de Julio pasado San Diego a mi casa de calle Granado no eran mas de diez cuadras que se me hicieron interminables. Prueba palpable de mi frenesí impresor es la primera página de uno de mis libros. Mi destino estaba trazado: yo trabajaría en algo relacionado con el mundo de las Artes Gráficas.
Fig. 2: Libros marcados con mi nombre, testimonio de mis primeras lecturas, Mark Twain y Stevenson, pero también de mi temprana relación con la imprenta.

